Artistas: 

Luis Roldán: Rompecabezas
Curaduría: Alejandro Martín Maldonado

Museo La Tertulia – Sala Maritza Uribe Urdinola
24 de julio – 25 de octubre 2015

Son tan distintas las obras que ha realizado Luis Roldán durante su vida que en una primera mirada cuesta entender que sea la misma persona quien las haya hecho. ¿Pero qué es ser una misma persona? Hay distintas formas de entender la identidad: una salida es buscar aquello común, aquello que es siempre igual, y otra asumir la complejidad, viendo las partes con cuidado y estudiando las formas en que se conectan y se relacionan. Ante el conjunto de las piezas, al ser pensadas como una unidad, es en quien las aprehende donde se produce el clic que genera la conexión.

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El trabajo de Roldán se configura en conjuntos de obras en las que las piezas se agrupan de modos muy diferentes. Es posible reunirlas en series, a la manera clásica, como sucede con su serie de pinturas Reflexiones (1989) y la de esculturas-pinturas Eidola (2015), pero también es posible hacerlo en conjuntos muy heterogéneos que más bien es posible pensar como “rompecabezas”, entre los cuales están aquellos que ocupan las salas principales de esta muestra: Circunstancias (2009) y Secreta prudencia (2014). En estos “rompecabezas”, Roldán presenta a la vez dibujos, pinturas, collages, instalaciones y objetos intervenidos que, reunidos, dan cuenta de su exploración tras una cierta pista, del seguimiento de una serie de intuiciones en cadena a partir de un impulso inicial. Al ver las piezas juntas, el espectador es quien debe armar el todo, atender a los detalles y dejarse guiar por su sensibilidad para llevarse consigo una emoción o una inquietud, más que un mensaje o una idea.

Circunstancias parte de una anécdota de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. En este libro se cuenta el último día de la vida de Bergotte, el escritor, y la forma en la que una crítica de arte que lee lo impulsa a visitar en el museo la Vista de Delft, de Vermeer, para buscar un detalle que allí se menciona y que no había notado en un cuadro que él creía conocer muy bien. Esa pequeña pared amarilla que mira con cuidado por primera vez lo lleva a pensar: “Así debería haber escrito yo. Mis libros son demasiado secos, tendría que haberles dado capas de color, que mi frase fuera preciosa por ella misma, como ese pequeño panel amarillo”. Esa pared amarilla, que tiene eso inasible que hace la obra de arte, hace eco de la frase musical que obsesiona a Swann, otro de los personajes de la novela, y a través de los dos motivos Proust va dando forma a su concepción de la belleza: en particular, sobre cómo ella se nos presenta y nos somete de modo implacable y caprichoso a la vez [1].

Secreta prudencia, por su lado, va configurándose al rededor de la lectura del libro Los tiempos de Stalin, de Anton Antonov-Ovseyenko (1920-2013), quien fue hijo de uno de los líderes revolucionarios bolcheviques traicionados, perseguidos y ejecutados por el gobierno de Stalin. El autor, que a su vez fue víctima del encerramiento injusto en campos de trabajo por trece años, intenta reconstruir en su libro los horrores sucedidos bajo el poder de Stalin y cuyo rastro ha intentado ser borrado de la historia. A partir de allí, Roldán produce obras que crean una situación inquietante, en las que se hacen presente la mirada policiva, la represión y las distintas estrategias para sobrevivir. Pero es clave notar cómo, si bien en la instalación hay elementos de representación literal como la gorra soviética o las gafas que nos hablan de la casi total ceguera de Antonov, la exploración del artista en todos los casos se apoya en esos gestos para dar un salto y crear otras piezas, en las que cada una crea su propio enigma, realiza su propia exploración con los materiales y las formas o da cuenta de un particular hallazgo o conexión.

En la serie Sueños (2003), Roldán cose sobre papel dibujos con hilos cargados de grafito que crean distintas estructuras dispersas y que también pueden ser vistas como códigos o partituras. Al seguir la metáfora sugerida por el título, uno puede tomarlos como diagramas de una consciencia intermitente: esquemas para pensar el yo no como una línea continua, sino como una línea que puede atenuarse y subrayarse, que a veces duda, que da vueltas, que se bifurca. Parte de esos Sueños son los Rotos (2005). En este caso, el papel, que era una superficie continua sobre la que sucedía el dibujo, se rasga y las líneas de hilo se tornan telarañas, marañas. La situación se troca: ahora el fondo no es el papel sino el espacio, el dibujo se curva, se tuerce y se hace tridimensional y ya no nos preguntamos por la unidad de la línea, sino de la superficie. Esos papeles quebrados están ahora a punto de separarse y permanecen frágilmente unidos por los hilos. La ruptura ya no es discontinuidad, sino quiebre y nos enfrentamos al vilo, a la tensión, al suspenso.

Esta exposición busca pensar los fragmentos, las rupturas, los quiebres y las formas. Invita a imaginar cómo a partir de allí se pueden hilar memorias o relatos, ligar intuiciones o emociones, trazando líneas que intenten unir, pero que son siempre conscientes de lo vulnerables que son los lazos que crean.

[1] «A la idea filosófica de “método” opone Proust la doble idea de “coacción” y de “azar”. La verdad depende de que demos con algo que nos obligue a pensar y a buscar lo verdadero. El azar de los hallazgos, la presión de las coacciones son los dos temas fundamentales de Proust. Es precisamente el signo el que establece el objeto de un hallazgo, el que ejerce sobre nosotros esta violencia. El azar del encuentro es lo que garantiza la necesidad de lo pensado»
(Deleuze [1971]. “Proust y los signos”. Ideas y Valores. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia).

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