Un enemigo invisible – texto de José Aramburo

Sigo esperando

Proyecciones de videos en espacio público en el contexto de la pandemia
Un proyecto de Kadist, Espacio Odeón, Museo La Tertulia

 

Primera sesión, agosto 2020:

«Hay algo allá afuera»

The Nightwatch – Francis Alÿs (Bélgica / México)
Nuevo Dragon City – Sergio de la Torre (EEUU)
Automovel – Cinthia Marcelle (Brazil)
Summer Camp – Lola González (Francia)

 

 

Un enemigo invisible

José F. Aramburo

 

“(…) ¿Pretenden acelerar el fin del mundo? -El fin del mundo no. El fin del tiempo. Liberar a la humanidad del tiempo, que nos esclaviza a todos. El tiempo que nos envejece, que nos limita. Piensa en todas las veces que has deseado tener más tiempo para hacer algo, o poder retroceder un día y hacer algo de forma distinta. Cuando la humanidad se libre del tiempo, las afrentas podrán enmendarse antes de ser cometidas.”

Robin Hobb

 

El fantasma de la peste deambula desafiante por las calles prácticamente vacías de pueblos y ciudades mientras la gente se resguarda en sus hogares como pocas veces lo había hecho en la historia. El virus, que según cuentan tuvo su origen en un mercado de animales en la ciudad de Wuhan, en China, se ha propagado con notable eficiencia hasta llegar a convertirse en la primera pandemia en la era del reguetón. La nueva peste ha puesto a prueba los sistemas de salud de los más de ciento noventa y cinco países que luchan contra el microscópico invasor.

 

Las alarmas no han parado de sonar desde que las imágenes presentadas en los noticieros de medio día daban cuenta de hospitales al borde del colapso a la vez que camiones militares transportaban ataúdes para ser sepultados en una secuencia de violencia sumarial. La enfermedad contagiosa se extendía con crudeza en ciudades europeas que hasta este momento solo habían tenido que lidiar con riñas de cantina o fanáticos de fútbol -en el peor de los escenarios. Los reportajes intercalaban escenas de clínicas desbordadas con notas que celebraban la capacidad de los confinados para ejercitarse en espacios reducidos.

 

Mientras escribo esto, la pandemia ha cobrado la vida de más de medio millón de personas, superando con holgura los números de muertes por causas habituales como la violencia o el cáncer, aunque, como de costumbre, los grupos históricamente vulnerables se llevan la peor parte. El coronavirus se ha extendido con pavorosa eficiencia entre las personas de mayor edad y no pocos adultos sanos a escala global. La era del “distanciamiento social” o “nueva normalidad” -que es como eufemísticamente se ha venido llamando al estado social de incertidumbre, encierro y virtualidad exacerbada promovida por los gobiernos para que el voraz engranaje neoliberal continúe su marcha impulsado con su propia inercia, se ha instalado como una especie de purgatorio legal con final incierto.

 

El tenaz adversario se ha tomado las plazas, calles y lugares donde se desarrollaba el teatro social humano hasta hace poco más de un semestre, poniendo de manifiesto la fragilidad del tinglado que soporta El Vacío. El Apocalipsis bíblico parece haber perdido su vigencia ante la proliferación de verdades alternativas que resultan mucho más atractivas para narrar una épica que situó el origen del desmadre en un lugar diferente a Occidente.

 

Lo cierto es que el confinamiento se ha convertido en el método más eficiente que muchos gobiernos han tenido a la mano para evitar la propagación del virus –además de conveniente comodín para anular cualquier iniciativa de movilización popular y/o protesta social. Las agendas han quedado en veremos y el futuro nunca había lucido tan incierto, incluso dentro de los parámetros del subdesarrollo -donde la incertidumbre es casi lo único que goza de estabilidad. La verdadera enfermedad va tomando forma: los gritos de inmigrantes desamparados se confunden con las tristes rancheras que los mariachis interpretan por las calles de casa en casa apasionadamente en esta aplastante realidad de mascarillas con diseños, termómetros digitales, jabones antibacteriales, cursos virtuales, alocuciones presidenciales, ansiedad y desasosiego.

 

Sin embargo hay un giro en la trama: las personas en su afán por encontrar nuevas formas de evasión capaces de combatir el aburrimiento, se aproximan caprichosamente –y de qué callada manera- a esa visión de Beuys en la que “todo ser humano es un artista”. Aunque probablemente sea más conveniente la extinción.